Peña de Francia

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jmsanz
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Peña de Francia

Mensaje por jmsanz » Mié, 27 Sep 2017, 04:43

Esto de hoy, querido amigo, es una primera aproximación a lo que me ha pasado este fin de semana. No he asimilado casi nada todavía y no sé si voy a ser capaz de asimilarlo. Por ello, he escrito estos párrafos sin estar seguro de si seré capaz de contar lo que he visto, lo que he oído y lo que he sentido.

La subida nocturna a la Peña de Francia
De noche. De noche los seis. Tras comprar bocadillos en La Alberca para cenarlos en lo más alto de un arriba desconocido. Frío y sombra. Sombra de luna incompleta velada por rasgos blanquecinos que adornan el cielo estrellado de Salamanca. Frío, o fresco, no sé. Mosquitos por legiones. Helechos, pinos, robles, encinas y castaños escoltan nuestras motos en la pendiente. La carretera cambia a cada tanto y aparecen algunas revueltas. Se adivina un barranco. Se adivina otro barranco. Aire. En el silencio de la noche oigo mi motor, solo el mío. Subiendo en primera y subiendo en segunda. El calor de la Iron desaparece nada más salir. El faro ilumina poco y mal, y está algo ladeado a la derecha. Esta Harley tiene un foco de mierda. Solo una moto delante de mí para facilitarme la visión, que por la noche puede ser complicada. Las otras tres motos vienen detrás, a cierta distancia. Proclive guía con prudencia, guía para mí.

El amanecer
A las siete menos unos tantos salí al exterior. Salí tras robar un zumo de piña de la cafetería de la hospedería. Fue un robo confesado con antelación. Furtivo. Fuera hace algo de aire, pero se para; pero sopla. El aire hace lo que quiere, como Dios manda. Descubro que aquello es un reloj de sol y que hay unas cuantas dianas apuntado a los pueblos cercanos. Entre las nubes aparece una franja anaranjada que no encuentra manera de abrirse paso. ¿El norte o el este? El sol se empeñó en salir por el norte, justo por Salamanca capital. El sol hace lo que quiere, como Dios manda. Sale Fendetestas, que viene con el casco en la mano. Juntos vemos la odisea solar contra las nubes. Ya la claridad va ganando a la tiniebla. Dice de ir al pueblo a desayunar porque en la hostería abren a partir de las nueve y cuarto. Ha quedado con Proclive. Yo no tenía ganita de ir, pero él sí. Fendetestas hace lo que le da la gana, como Dios manda. Aparece Proclive con su casco y terminamos de dar el visto bueno a la amanecida, que ha dejado al descubierto lo que había bajo el refajo charro. A desayunar al pueblo se ha dicho. Y yo, que no tenía intención, me apunto al asunto. Proclive hace lo que le da la gana, como Dios manda.

La bajada y la subida al desayuno
Arrancar una Harley-Davidson a casi mil ochocientos metros de altitud en un lugar donde la resonancia tiene cierto protagonismo no deja de ser un atrevimiento. Buf! Arrancados los tres, tomamos ruta cuesta abajo. Poco a poco. Y antes de los dos primeros kilómetros de aire fresco ocurrió que nos encontramos con una manada de cabras montesas en la carretera. Estaban hablando de sus cosas, claro. Las cabras, ya se sabe lo que son. Lentamente redujimos la velocidad, pero en un momento, las cabras salieron en desorganizada estampida. Las que no acertaron con la dirección correcta tuvieron que volver a atravesar la carretera. Algunas de ellas rozaron el guardabarros delantero de la Cabezota. Fue un espectáculo impresionante ver a esos cuarenta o cincuenta individuos en plena estampida. Las cabras montesas hacen lo que quieren, como Dios manda. El resto de la bajada fue protagonizado por el olor del monte, por las vistas a los cuatro costados de la montaña y por el hambre de los tres moteros. Tras desayunar en La Alberca y subir de nuevo a la Peña, nos encontramos con Darix, Leif y Noe, nuestros amigos. Nuestros amigos hacen lo que quieren, como Dios manda.

Las Batuecas
Nos tiramos cuesta abajo por la carretera que lleva al Parque Nacional. Literalmente nos tiramos cuesta abajo donde nos encontramos con diecitantas revueltas. El desnivel era muy acentuado y el paisaje… el paisaje era insuperable. Yo he notado que empiezo a tener un problema: cada vez que voy a un sitio nuevo o a un sitio del que no me acuerdo me parece que ese es el sitio más bonito del mundo. Es que el lector no puede imaginarse lo que era aquello. Una cantidad enorme de pinos, de encinas, de robles, de castaños. Un valle profundísimo y, abajo del todo, una vez más, el silencio. El silencio de un monasterio de vida contemplativa de los Carmelitas. Un recinto dedicado al silencio en un valle de silencio solamente roto por el borbotoneo del agua del arroyo. Agua cristalina, agua pura, agua de vida que sale de la tierra para todos nosotros, como la oración de los carmelitas. Y es que los carmelitas, seguro, hacen lo que les da la gana, como Dios manda.

Mis ochocientos kilómetros
Esa ha sido la medición. Recuerde el lector que vivo a cincuenta kilómetros más que los otros, tanto para ir como para volver, por lo que siempre llevo cien de más que los demás. La Cabezota es realmente cómoda. Me da muy poco dolor de culo. Puedo mover las piernas y pasar de los mandos intermedios a las estriberas avanzadas con facilidad. El día anterior a la salida hinché los neumáticos correctamente y cierto es que lo he notado un montón porque la moto se pone en modo obediente. Llevar el equipaje atado al respaldo -sí, sí, ya tengo respaldo- no me ha gustado. He ido todo el rato con la neura de que se me iba a caer, pero no por perder pertenencias sino por no provocar un accidente. El consumo, creo, es aceptable, y se ha situado en el entorno de los cuatro litros y muy poco cada cien kilómetros.

Los compañeros de ruta
Fendetestas y Noe, Leif Sagas, Darix y Proclive, junto con un servidor, somos los que hemos hecho este viaje, esta aventura, este reto. De vez en cuando organizamos una ruta larga. Las rutas largas las cocinamos a fuego lento ya que pueden pasar meses desde que salta la chispa hasta que el cordero está bien hecho. Otras veces, si se trata de dar un paseo, se cocinan y emplatan en menos de quince minutos. Es fácil tener un grupo de amigos así. Mejor dicho, es fácil ser amigo de gente así. Yo creo que somos un grupo heterogéneo en muchas cosas, con edades diferentes, gustos dispares. Pero me parece que todos coincidimos en una idea básica fundamental, y es que todos, cada uno a su manera, sabe que lo más importante es que sabemos que lo más importante es lo más importante. Esta circunstancia es el catalizador invisible que hace que todo, siempre, vaya bien. Todo va bien cuando las cosas van bien y todo va bien cuando las cosas van mal. Todo va bien siempre y todos hacemos lo que nos da la gana, como Dios manda.

SEGUNDA PARTE

Se dice que las emociones tienen tres tipos de componentes: los componentes fisiológicos, que son involuntarios, los componentes cognitivos, que pueden ser conscientes o inconscientes, y los componentes conductuales, que son los que afectan al comportamiento. Hay, por tanto, diferentes tipos de emociones.

Tras la ruta a la Peña de Francia he vuelto emocionado y tengo dentro un cúmulo de cosas que no sé describir ni gestionar, y no estoy muy seguro de saber con certeza qué es lo que pasa cuando experimentas tantas cosas en tan poco tiempo. Por eso se me ha ocurrido hablar de las emociones e intentar, modestamente, desentrañar este misterio. Para ello voy a describir, desde un punto de vista nada científico, los diferentes tipos de emociones.

Las emociones primarias son las que experimentamos en respuesta a un estímulo y son seis: tristeza, felicidad, sorpresa, asco, miedo e ira.

Después vienen las emociones secundarias, que son las que experimentamos como consecuencia de haber pasado por una de las emociones primarias. O sea, que si experimentamos miedo después podemos sentir amenaza o enfado, por ejemplo. El origen de estas emociones secundarias está en las normas sociales y morales.

Las emociones positivas dependen del grado en que se altera nuestro comportamiento y afectan positivamente al bienestar de la persona. Favorecen la manera pensar y de actuar. Por ejemplo, la alegría, la satisfacción, la gratitud.

Las emociones negativas son opuestas a las emociones positivas porque afectan negativamente a nuestro bienestar, por ejemplo, el miedo o la tristeza. En pequeñas dosis no son perjudiciales y gracias a ellas nuestra memoria nos ayuda a recordar las consecuencias que tienen ciertos comportamientos.

Las emociones ambiguas o neutras no provocan ni emociones negativas ni positivas, por ejemplo, la sorpresa no nos hace sentir ni bien ni mal.

Las emociones estáticas son aquellas que se producen gracias a distintas manifestaciones artísticas, como por ejemplo la música o la literatura. Si escuchamos una canción podemos sentirnos felices o tristes, pero no es igual que la felicidad o tristeza que podemos sentir en un contexto de realidad.

Las emociones sociales son las que sentimos cuando hay otra persona de por medio, por ejemplo, la venganza, la gratitud, el orgullo o la admiración.

Las emociones instrumentales son las que sentimos con la idea de alcanzar un objetivo. Son emociones que forzamos en un momento dado para conseguir ese objetivo que nos proponemos, por ejemplo, nos hacemos los valientes.

Quiero cerrar esta pequeña lista con una emoción más: la emoción Harley-Davidson. Yo puedo certificar que conducir una moto es algo emocionante en sí mismo. Conducir la Suzuki Marauder GZ250 fue una gran experiencia pero conducir la Sportster Iron 883 es otra cosa porque suscita en el piloto cosas que no afloran con la Suzuki. Conducir una HD, en mi opinión, hace que experimentes cosas que no se experimentan en otras motos, aunque supongo que los propietarios de BMW, Royal Enfield o Ducati pueden decir lo mismo de sus máquinas, y me parecerá bien. Lo cierto es que, en mi opinión, conducir una Harley tiene un noséqué que qué sé yo.

Al hilo de todas estas descripciones se me ocurre hacer el ejercicio de verter una serie de palabras en cuya suma se encuentre lo que siento. Voy a ver si soy capaz.

TERERA PARTE

La gente siempre es lo mejor. Las personas son lo mejor que te encuentras. Son como yo, son como tú, querido lector. Somos los que hacemos las cosas, los que trabajamos, los que hacemos que el mundo funcione. Estamos llenos de cosas estupendas y llenos de miseria. Somos fascinantes y somos inaguantables. Somos amables y somos antipáticos. Somos abiertos y somos cerrados… esta lista podría llegar a ser muy larga, está claro, y aun así, yo sigo pensando que las personas siempre son lo mejor. A veces pienso que si no fuese por nuestras imperfecciones no habría quien nos aguantara. La aproximación de hoy sobre la experiencia del fin de semana versa sobre eso, sobre las personas.

La gente con la que vas
Ir de ruta con otra gente es algo habitual. Tienes grupos de amigos y cada uno de esos grupos funciona de una manera. Uno de ellos, por ejemplo, decide hacer una salida. Comienza a funcionar el WhatsApp o el foro correspondiente y, poco a poco, se va cocinando lo que finalmente será el plan a realizar. Este plan no suele valer para casi nada porque la realidad pasa por encima de todo y las cosas salen como salen.

Ir de ruta con otra gente es perder autonomía personal. Cuando sales con un grupo de personas estás asumiendo que tu voluntad queda en un segundo plano a favor de la voluntad colectiva. A veces tienes que estar dispuesto a dejar morir tus propias ideas en beneficio de la idea global del grupo.

Ir de ruta con otra gente es perder un poco de tu libertad. Y puede que, en un momento dado, preferirías hacer otra cosa diferente a lo que se propone, pero tienes que estar en el grupo porque el viaje no es tuyo, el viaje es de todos, por lo que, de alguna manera, perdemos libremente nuestra libertad en virtud del compromiso adquirido.

Ir de ruta con otra gente es mirar por ellos de la misma manera que los demás miran por ti. Cuidarse mutuamente, esperarse, comprenderse y ayudarse. La ayuda que prestamos o que nos prestan es buena para el grupo y para la persona que, en ese momento, necesita algo.

Ir de ruta es estar activo. Hay que querer participar de las decisiones, de las tertulias. No vale ir a remolque porque seguramente que el resto de personas esperan tu opinión, tu comentario y tu risa. Opinar, comentar y reír no son cosa menor porque el grupo se alimenta precisamente de eso.

La gente que te encuentras
Viajar trae consigo conocer. Conocer sitios y conocer personas. Y ya se sabe, en la viña del Señor hay de todo. En la ruta a la Peña de Francia conocimos a algunas personas, por ejemplo, a las personas que llevan la hospedería de los Dominicos. Gente encantadora que nos facilitó nuestra estancia. Se ve que sabe tratar a la gente, al viajero. Conocimos a la persona que atiende el Museo de la moto y el coche clásico de Hervás, que fue muy amable y fue capaz de mantener una interesante conversación donde nos leyó hasta donde se puede leer. También conocimos al propietario del restaurante Avenida, de El Barco de Ávila, que se negó inicialmente a servir un segundo plato y que, con su actitud, ha decidido por nosotros que jamás volveremos a pisar su casa. Aun así, por lo general, la gente que te encuentras cuando vas de ruta es gente buena, gente normal, gente de la que te ayuda cuando lo necesitas. Eso no quita para que, de vez en cuando, te encuentres un ceporro.

La gente que ves
Cuando salgo por ahí siempre procuro hacer uno de mis deportes favoritos, que consiste en sentarme por ahí a ver pasar la gente. Yo creo que esta simple actividad es muy interesante porque me ayuda a comprender el sitio en el que estoy y beberme unos tragos de la cultura local. Me senté en la Hospedería y me senté en La Alberca, y observaba. Toda esa gente que pasa por la calle, quiénes son, qué hacen ahí, cómo les irá la vida, qué problemones han de tener, qué alegría habrá tenido hoy, cómo se siente con su jefe, cómo se lleva en casa con su marido o su mujer, cómo le trata la salud, qué ha leído y qué no ha leído, cuál es su deporte… Los sitios, los lugares tienen dos componentes esenciales: uno es la geografía y otro son las personas. Dónde y quién. La geografía ya nos viene dada y las personas son las que hacen la historia, el presente y el futuro.

CUARTA PARTE

A veces, cuando viajo en coche y a causa del sueño -por ejemplo, después de comer- se me hace difícil conducir en buenas condiciones. En ese caso, fumo, o bajo la ventanilla para que entre el aire a raudales, o pongo la música a tope y me pongo a cantar, o paro el coche unos minutos. Es peligroso conducir con sueño. Esto nunca me ha pasado en la moto. Nunca me ha pasado… hasta el domingo pasado. Como podrá recordar el lector, el domingo pasado, en el viaje de regreso desde la Peña de Francia, nuestro grupito de motos paramos a comer en un restaurante de El Barco de Ávila, en un lugar que no recomendaré. Tras la comida iniciamos la siguiente manga que nos llevaba hasta Ávila capital. Una vez puestos en ruta, yo, dentro de mi casco, pensaba justamente en esto, en el sueño que me suele entrar después de comer cuando voy en el coche, y pensaba que no pasaba nada porque en la moto nunca me ocurriría lo mismo. ¿Nunca? A los pocos minutos comencé a sentir sueño.

No me lo podía creer. Me estaba entrando sueño de la misma manera que cuando voy en el coche. Pero claro, en la Iron no puedo bajar la ventanilla, ni fumar ni poner la radio a tope. Uf! Aquello no pintaba bien. En ese momento yo lideraba la rodada. Delante había coches y detrás había cuatro motos con cinco personas encima. El sueño comenzó a ser algo más pronunciado y yo, que no tenía previsto morir el domingo, no tuve más remedio que actuar. Y se me ocurrió ponerme a cantar. Ya comenté en su día que el casco que tengo es un LS2 Valiant, una especie de casco convertible que se puede colocar en dos modos: modo integral y modo yet. Esa tarde lo llevaba puesto en modo jet, pero ni el airecito fresco podía con el sueño. Entonces fue cuando me puse a cantar. Cuando hablas con el casco puesto, al tener tapados los oídos, no te oyes a ti mismo por fuera sino que te oyes por dentro, y tu voz en alto parece un pensamiento que salga sin permiso. Me puse a cantar lo primero que se me ocurrió. Claro, para ponerse a cantar necesitas saberte la canción. Y canté lo primero que se me ocurrió, que fue una canción de Joan Manuel Serrat. Una de esas canciones que el cantautor catalán hizo sobre algunos versos de Antonio Machado. La canción se llama Llanto y coplas, y dice así:

“Al fin, una pulmonía mató a D. Guido y están las campanas todo el día doblando por él: ¡din, dan! Murió D. Guido, un señor de mozo muy jaranero, muy galán y algo torero; de viejo gran rezador. Dicen que tuvo un serrallo este señor de Sevilla; que era diestro en manejar el caballo y un maestro en refrescar manzanilla. Cuando mermó su riqueza era su monomanía pensar que pensar debía
 en asentar la cabeza,
 y asentola
 de una manera española, que fue a casarse con una
 doncella de gran fortuna. Y repintar sus blasones, hablar de las tradiciones de su casa. A escándalos y amoríos, poner tasa sordina a sus desvaríos.

Gran pagano,
 se hizo hermano de una santa cofradía; el Jueves Santo salía 
llevando un cirio en la mano. ¡Aquel trueno vestido de nazareno! 
Hoy nos dice la campana que han de llevarse mañana al buen D. Guido, muy serio, camino del cementerio. Tu amor a los alamares
 y a las sedas y a los oros, y a la sangre de los toros
 y al humo de los altares. ¡Oh, fin de una aristocracia!
 La barba, canosa y lacia, sobre el pecho, metido en tosco sayal. Las yertas manos en cruz. Tan formal el caballero andaluz.”

La canté dos o tres veces, no lo recuerdo. Y tardé lo menos veinte minutos en destrozar, a voz en grito, la lírica machadiana, pero funcionó. Al finalizar, el sueño había pasado de largo y no volvió a aparecer hasta las once, que fue cuando me rendí en mi cama.

Hasta aquí, todo normal y sin trascendencia, podría pensar el lector. Pero es que mientras ocurría esto, pasó otra cosa que me dejó preocupado. Todo el mundo sabe, o ha podido experimentar, esas ausencias que parece que todos tenemos cuando vamos en el coche. De pronto nos damos cuenta de que han pasado treinta kilómetros sin conciencia de haberlos conducido. Pues eso mismo me pasó en la moto. Recuerdo haber empezado a cantar a Serrat y a Machado y recuerdo que “ya no tengo sueño”, pero no recuerdo toda la fase intermedia. Ausencias sobre una moto… No sé si es que en ese momento se ponen a funcionar ciertos automatismos de esos que tenemos los humanos, o si es inconsciencia, o si es alteridad… no lo sé. Lo que no dejo de preguntarme es ¿quién condujo mi moto desde El Barco de Ávila hasta Ávila?

Con esta cuarta entrega finalizo mis aproximaciones a lo que ha sido esta ruta hasta la Peña de Francia. Las crónicas que escribo -si es que pueden llamarse crónicas- son poco convencionales y no suelen referirse ni citar cosas como la presión de los neumáticos, el contramanillar, el consumo de combustible, el funcionamiento del embrague o del ABS. Los escritos que hago suelen tratar sobre cosas intrascendentes, y eso me gusta.

Saludos, amigos.
https://divertirseconlamoto.wordpress.com

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